El día comienza muy temprano para 100 presos que cumplen sus condenas en la cárcel de Palogordo, en el municipio de Girón. Antes de que el sol salga anunciando un nuevo día, ellos ya están despiertos y listos para una rutina que por horas los aleja de los muros fríos y los acerca al campo. Botas embarradas, las manos firmes para trabajar y el sonido constante de los pájaros marcan la jornada .
Aquí, en 34 hectáreas de terreno, la rutina carcelaria se mezcla con la vida rural, devolviéndole la esperanza y las ganas de vivir. Algunos aprenden a manejar el ganado, otros se enfocan en la producción de leche, pero todos comparten un mismo propósito: empezar de cero. Este programa, impulsado por el Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario (INPEC), busca algo más que enseñar un oficio. La apuesta es sembrar disciplina, responsabilidad, pero sobre todo esperanza.
Le puede interesar:¡Atención conductores! Autoridades alertan sobre cierres viales en el área metropolitana por paro del 9 de abril
«Queremos desde la cárcel enviar un mensaje diferente, un mensaje de justicia restaurativa y lo que quiere la ciudadanía, que el privado de la libertad trabaje, se ocupe y no esté haciendo otras cosas diferentes desde las cárceles», afirmó Eleadid Duran, director de la cárcel de Palonegro.
“Es una metamorfosis”, dice Eduardo Castañeda, mientras hace una pausa en medio de la jornada. Entró a la cárcel a los 18 años y hoy, después de más de seis años privado de la libertad, asegura que muchas cosas empezaron a cambiar. Sus manos, que ahora se ocupan del trabajo en el campo, reflejan una rutina distinta. Habla con tranquilidad, como quien ha encontrado mucho tiempo para pensar y reconstruirse desde adentro.
En Palogordo, el aprendizaje comienza desde la tierra. Los internos no solo observan: participan . Preparan el terreno, siembran, cuidan el ganado y acompañan cada etapa del proceso hasta llegar a la producción de carne y leche.
Mientras afuera el mundo sigue, ellos en medio del pasto y los árboles continúan su jornada laboral, en donde cada litro de leche y cada tarea cumplida parece acercarlos un poco más a una segunda oportunidad.


