La esquina de Súper Estrellas, en pleno sector comercial de Barrancabermeja, hoy se siente distinta. Allí, donde durante años el aroma de las arepas se mezcló con las conversaciones de quienes terminaban su jornada, ya no estará don Olinto, un hombre que con el paso del tiempo se convirtió en mucho más que un vendedor ambulante para toda una comunidad que hoy lamenta profundamente su partida.
Para muchos barranqueños, don Olinto fue un rostro imposible de olvidar. Sus arepas acompañaron cenas improvisadas, encuentros entre amigos y noches largas de trabajo, pero detrás de cada venta también había una sonrisa amable, una palabra cercana y esa calidez que solo tienen las personas que terminan ganándose el cariño sincero de quienes las rodean.
Le puede interesar: http://Lo persiguieron en moto y lo acribillaron en plena vía de Barrancabermeja
Quienes lo conocieron recuerdan que no solo ofrecía alimento, sino también un espacio de cercanía en medio del movimiento diario de la ciudad. Su pequeño puesto terminó convirtiéndose en un punto de encuentro para generaciones de clientes que, además del sabor de sus arepas, encontraban en él a un hombre noble, trabajador y siempre dispuesto a conversar.
La comunidad hoy siente su ausencia.
Con el paso de los años, don Olinto se volvió parte del paisaje cotidiano de ese sector comercial y también de la memoria de cientos de personas que hoy lo recuerdan como un hombre sencillo, reconocido y profundamente querido por la comunidad de Barrancabermeja.
Su ausencia deja un vacío difícil de llenar en una esquina que durante mucho tiempo tuvo su sello personal, porque para muchos no era simplemente el señor de las arepas, sino un símbolo de esfuerzo, humildad y cercanía que quedará guardado en el corazón de quienes alguna vez compartieron un momento junto a él.
Hoy Barrancabermeja no solo despide a un vendedor tradicional, sino a uno de esos personajes que, sin proponérselo, terminan convirtiéndose en parte de la historia emocional de una ciudad. Su recuerdo seguirá vivo en cada persona que alguna vez pasó por su puesto y entendió que, junto a una arepa caliente, don Olinto también entregaba un pedazo de humanidad.




