Por: Jonathan Pineda/ Representante a la Cámara por el partido Centro Democrático.
Paradójico, esa es probablemente la palabra que mejor describe hoy el panorama político en Colombia, ante el afán o el ego, por demostrar quién es el más puro. Una discusión absurda que termina desviando tiempo y esfuerzo de lo que realmente importa, trabajar en equipo y dar respuestas a los problemas que sí le quitan el sueño a la gente.
Mientras millones de colombianos esperan respuestas frente a la inseguridad, el desempleo, la salud y la educación, algunos dirigentes parecen más ocupados creando partidos (como si 34 ya no fueran suficientes), y reclamando ser los voceros de posiciones que otros construyeron con ímpetu, arraigo, amor a la patria y sobre todo, trabajo; porque hay una realidad clara, en Colombia la política no se fortalece acumulando logos, siglas y reacomodos, la historia ha demostrado que se fortalece de una forma mucho menos llamativa, pero bastante más útil: dando soluciones y mostrando resultados.
Veamos:
El Partido Republicano, antes Liga de Gobernantes Anticorrupción, llega con una nueva identidad y claro que es válido, le damos la bienvenida a la contienda; pero aquí no basta con cambiar de nombre o estrenar bandera, estos espacios los ganan quienes pongan sobre la mesa propuestas serias, compromisos verificables y resultados, porque al final serán los ciudadanos quienes decidan quién realmente estuvo e hizo algo verdaderamente útil.
Por otro lado, los acercamientos de Salvación Nacional con Defensores de la Patria y Creemos dejan una pregunta: ¿qué pasará cuando toque definir liderazgos, candidaturas y espacios de poder? Esto, teniendo en cuenta la postura camaleónica de ese partido, que hace pocos meses buscaba acuerdos con el uribismo y hoy parece empeñado en marcar distancia. Y claro, las diferencias son válidas, pero una cosa es cuando el ego sobrepasa la razón y termina cerrando posibilidades de construir un país mejor, porque esto no se trata solo de partidos o nombres, es la vida de las personas lo que está en juego y liderar también es defender una posición con firmeza, entendiendo que a veces toca ceder para avanzar juntos; es la madurez política que tanto le hace falta a este país.
Y hay algo que no podemos normalizar: la ingratitud con Álvaro Uribe Vélez. Bien decía Cervantes: “La ingratitud es hija de la soberbia”. Antes de que muchos descubrieran los “votos de la derecha”, Uribe ya había construido una causa, un liderazgo y una manera de hacer política y todo eso sin creerse el dueño de la razón o de la derecha. Pueden discrepar de él, cuestionar sus decisiones y exigirle respuestas, pero pretender borrarlo para conquistar su electorado es un despropósito. Guste o no, su papel en la derecha contemporánea colombiana es inocultable, más aún después de la persecución y las injusticias que, a mi juicio, ha enfrentado.
Por irrisorio que parezca, algunos siguen disputándose la marca de la “derecha colombiana”, mientras los problemas de la gente siguen creciendo. En Santander, por ejemplo, la inseguridad golpea al Área Metropolitana y a la provincia Yariguíes; en el campo, muchos productores siguen peleando con la falta de agua, vías y garantías para sacar adelante sus cosechas; y en salud, todavía hay pacientes que tienen que rogar por un medicamento; esos son los problemas de verdad, no las peleas entre dirigentes por demostrar quién es más puro que el otro.
Ahora bien, es prudente señalar que una derecha dividida puede terminar abriéndole espacio otra vez a la izquierda; no porque falten ideas ni ciudadanos que crean en la libertad, la autoridad o la empresa privada, sino por algo mucho más simple, la vanidad, el ego y el cálculo electoral; y claro que defiendo el pluralismo y que aparezcan nuevas fuerzas, de eso también se trata la democracia. Lo que cuestiono es que nazcan para pelear con quienes, en el fondo, comparten muchas de sus convicciones, en vez de sumar y ampliar los frentes alrededor de un mismo propósito.
Por eso quiero aprovechar este espacio para hacer una invitación a todos los que creemos que Colombia está recuperando el rumbo, ocupémonos de lo que realmente importa: la seguridad, el empleo, las empresas que generan bienestar, la salud, la educación y el campo. Pensemos en quienes madrugan todos los días a trabajar y en los jóvenes que necesitan oportunidades, no más peleas por espacios de poder. Trabajemos alrededor de una causa común, Colombia. Solo así vamos a poder sumar también a los indecisos, a quienes piensan distinto e incluso a quienes hoy no se sienten representados por ningún partido.
Dejemos de ocuparnos en la vaga discusión de quién es más de derecha y ocupémonos en demostrar con propuestas y resultados para qué sirven las ideas que defendemos.
Avancemos juntos por una Colombia grande, respetada y libre.


