En la intersección de la calle 58 con carrera 17, en el barrio Ricaurte, los cables de servicios públicos cuelgan a una altura tan baja que caminar por la zona se ha convertido en un verdadero acto de valentía. Cualquier persona de más de 1.60 metros corre el riesgo de enredarse, caer o incluso resultar lesionada.
El riesgo no se limita a la luz del día: la zona está mal iluminada, lo que convierte la calle en un peligro constante tanto de día como de noche. Vecinos denuncian que la situación lleva tiempo sin recibir atención y que cada paso puede convertirse en un accidente.
¿Quién responde cuando pase lo inevitable?
La responsabilidad de esta trampa urbana es difusa: múltiples entidades podrían intervenir, pero hasta ahora no hay soluciones concretas. La pregunta que surge no es quién debe arreglarlo, sino quién asumirá las consecuencias cuando ocurra el accidente que ya parece anunciado.
“Es imposible caminar sin estar pendiente de los cables. Más de una vez he tenido que esquivar algunos que casi me golpean la cabeza”, afirma un residente del sector. Su testimonio refleja




