Por: Carlos Julio Castellanos Rincón/ Director general Oro Noticias
Por estos días, Atlético Bucaramanga vuelve a estar en el centro del debate, y esta vez no por goles, resultados o posiciones en la tabla. La discusión nace desde el manejo administrativo de una institución que dice representar a una región, pero que en sus decisiones parece mirar cada vez menos hacia su propia tierra.
Dos hechos recientes despertaron inquietudes entre aficionados y profesionales santandereanos.
La llegada de Felipe Gutiérrez como gerente deportivo generó interrogantes. Nadie pone en duda el derecho del club a elegir a sus colaboradores ni se cuestiona su trayectoria profesional, pero la pregunta es inevitable: ¿acaso en Santander no existen personas preparadas, con estudios, experiencia y conocimiento del fútbol, capaces de asumir una responsabilidad de esta magnitud?
La historia se repite. Así como muchos jugadores nacidos en esta tierra esperan una oportunidad que pocas veces llega, también ocurre con profesionales de diferentes áreas que ven cómo los espacios importantes terminan ocupados por personas llegadas de otros lugares.
Y la situación tomó más fuerza con la designación de Sebastián Leyton en la dirección de comunicaciones, profesional que venía de desempeñarse como jefe de prensa del Deportivo Pasto.

Nuevamente aparece el mismo interrogante: ¿cuántos comunicadores sociales, periodistas deportivos y profesionales santandereanos tienen la preparación suficiente para ocupar ese cargo? ¿Cuántos colegas han dedicado años al seguimiento del fútbol regional, conocen la institución y tienen la experiencia necesaria para representar al club ante los medios y la afición?
No se trata de regionalismo mal entendido. Se trata de reconocer el talento que existe en una tierra futbolera que durante años ha aportado jugadores, entrenadores, periodistas y dirigentes.
Los propietarios del Atlético Bucaramanga, Óscar Álvarez padre y Óscar Álvarez hijo, tienen todo el derecho de administrar su equipo y tomar decisiones. Pero también deben entender que un club de fútbol no es solamente una empresa: es un símbolo social, una pasión colectiva y una institución que pertenece emocionalmente a miles de hinchas.
Por eso la afición también tiene derecho a preguntar: ¿cuándo habrá mayor transparencia sobre los ingresos, las inversiones y el manejo administrativo del equipo?
El fútbol colombiano vive una contradicción permanente. Cuando los clubes necesitan apoyo, hablan de identidad, comunidad y respaldo de la gente. Pero cuando los aficionados piden explicaciones, muchos responden que son empresas privadas.
La pregunta para todos los dirigentes del fútbol nacional sigue vigente: si los equipos representan a una ciudad y una región, ¿por qué sus decisiones muchas veces parecen estar tan lejos de ellas?
Atlético Bucaramanga tiene una deuda pendiente, no solo deportiva: acercarse nuevamente a su gente, darle espacio al talento local y demostrar que la palabra «Santandereano» significa algo más que un escudo en la camiseta.





